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La prudencia en el vivir (G Malavassi V, 27 abr 2013)

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Mensaje de felicitación. Señor Rector a Graduados

 

Todo lo existente es bueno. Alguna vez todos, quizá,  hemos tenido la oportunidad de conocer el desarrollo  que hace Tomás de Aquino del tema de los trascendentales, que consiste en la comprensión de que lo primero que comenzamos a percibir en nuestra vida son las cosas que nos rodean, que incluye  los seres  de la naturaleza, las obras de creación humana – cosas artificiales -  fabricadas a partir de esos seres naturales, y las personas que existimos y pesamos en este mundo.

El desarrollo  sistemático de esa doctrina, que tienen antecedentes claros parcialmente en Platón y más claros en Aristóteles, es llevado a una explicación profunda por Tomás de Aquino.(Vide De Veritate a 1, c)

Como conclusión de su exposición, resulta que todo cuanto existe es al mismo tiempo  ente, uno, verdadero, bueno, algo y cosa (esto último entendido como la esencia de cada ser existente).

Lo anterior facilita comprender, entonces, que habiendo en nosotros las potencias o facultades propias de la vida intelectual, que son memoria, entendimiento y voluntad, apetezcamos todo lo bueno. Entendiéndose por bueno, lo que todas las cosas apetecen.

En consecuencia, sentimos apetito, atracción, deseo por el bien que descubrimos o anhelamos. Entendiendo que entre el deseo y su satisfacción hay una distancia, salvo en el gozo eterno, en que son simultáneos.

Siendo como son buenas todas las cosas, se plantea la necesidad continua de elegir: desde elegir no elegir hasta escoger  entre los bienes; como lo primero con lo que nos enfrentamos son las cosas más a nuestro alcance inmediato, que son las que nos rodean, hay una inmediatez que con frecuencia distrae de la calma para deliberar más cuidadosamente en el ejercicio de ese  nuestro libre albedrío, que conjuga la deliberación del entendimiento y la decisión final de la voluntad. Porque, además, no todo lo que intelectualmente consideramos lo mejor, es lo que en definitiva decide nuestra voluntad, como decía el clásico latino: scio meliore proboque, deteriora sequor ( Conozco lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor). De modo que hay que vivir con cuidado, no siempre logramos la unidad en nuestro ser. Hay que reafirmarla cada día para poder llegar a ser consecuentes.

Así vemos que solo aceptando consejo de las personas prudentes y a veces recibiendo golpes, algunos de poca monta y otros más fuertes, logramos ir comprendiendo que hay que pensar bien qué decisiones conviene ir tomando a lo largo de nuestro vivir. Porque cada elección que hacemos, en tratándose de bienes contingentes, nos debe hacer comprender una primera cuestión importante: siendo buenas todas las cosas, no todas son igualmente buenas. Cada uno lo sabe por experiencia. Incluso muchas cosas buenas, lo son en tanto se usen con prudente  moderación: no es lo mismo comer un poco de un postre sabroso, que una olla entera. El cuerpo no lo resiste: la indigestión lo pone de manifiesto. No es lo mismo un traguito que una borrachera: la resaca lo pone de manifiesto. Algunas personas aceptaron el oportuno buen consejo que quizá alguien dio antes  del  exceso;  pero  no atendimos o no lo escuchamos; entonces el golpe de la experiencia nos enseñó.

Lamentablemente hay cuestiones que llegan a dominar fácilmente las voluntades que no saben resistir, porque faltó la fortaleza suficiente y la decisión oportuna: se cae en el vicio, en la adicción sea del licor, del fumado de tabaco o del uso de drogas que dominan a cualquier persona. Salir de allí significa una lucha muy dura. Y si no se lucha, vendrá el daño y hasta la degradación.

Por ello el ejercicio de la prudencia, que es una de las cuatro virtudes cardinales, así denominadas porque sobre ellas las  se apoya una vida con  sentido, es algo de lo más elevado que en el plano natural puede adquirir una persona. Es la guía de las otras tres: la justicia, que dispone dar a cada a cada uno lo suyo, la fortaleza, para resistir frente a los embates de la vida y perseverar en  lo que es  correcto;  la templanza o  moderación, en la satisfacción de los apetitos naturales.

La prudencia es la virtud intelectual cardinal residente en la razón práctica, con connotaciones morales,  que ordena rectamente nuestro obrar  y facilita la elección de los medios conducentes a nuestra perfección. Etimológicamente deriva de la voz latina prudentia, a su vez vinculada con providentia, de procul videre, que significa ver desde lejos, fijarse en el fin lejano que se intenta, ordenando a él los medios oportunos y prever las consecuencias, a mediano y largo plazo. ( GER a. ¨Prudencia”)

La prudentia  también ha sido designada con una voz más antigua: discretio, que significa elección, buen juicio y que está emparentada con el verbo discernere, discernir. Y el discernimiento, el buen juicio relativo a los medios, es la médula de la prudencia.

 Como toda virtud natural o adquirida, no se logra la prudencia por la realización de actos aislados, sino mediante la práctica habitual, por la repetición ordenada y perseverante. Es la adquisición más valiosa que una persona puede obtener  para orientar con sabiduría todas las elecciones que vaya haciendo cada día de su vida.

Por supuesto, hay unas elecciones mucho más importantes que otras, pero todo  el tiempos se elige entre bienes contingentes, es decir, que ninguno doblegoa por así decir, la voluntad, sino que esta simplemente prefiere: desde la hora de levantarse, hasta la hora de acostarse.

Si nos equivocamos, por desatención, porque no lo pensamos con cuidado, en cosas de menor cuantía, el resultado, no siendo apropiado, con todo no produce graves consecuencias: olvidarse del desayuno; ponerse un zapato de un color y otro de otro. Otras pesan más: dejar olvidada la billetera, la licencia y la tarjeta de crédito por no poner atención a la hora de tomar las cosas que uno puede necesitar al salir de casa. Otras son más delicadas siempre, por sus consecuencias futuras: la carrera por escoger, las amistades que cultivar, el estado de vida que conviene tomar… Cada vez que decimos algo, puede edificar, instruir, destruir, herir o ser una oportuna palabra de humor para alegrar el ánimo.

Se puede  comprender, entonces, que las otras virtudes cardinales: la justicia, la fortaleza  y la templanza o moderación dependen de la prudencia, que vincula al sujeto a la medida objetiva de la realidad y lo conecta con el ser de las cosas. La supremacía de la prudencia «quiere decir solamente que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad» (J. Pieper, o. c. en bibl., 23). Las demás virtudes dependen de la prudencia, que en su dimensión cognoscitiva las pone en contacto con la realidad y que en su aspecto preceptivo ordena el querer y el obrar o actuar. Por eso sólo la persona prudente podrá ser justa, fuerte y templada o moderada. Hay personas que dicen tener pasión por la justicia, pero  reclaman una justicia utópica, carente de objetividad. Hay personas valerosas que roban y asesinan. Hay personas ascéticas, cuya «moderación» es una máscara que oculta su injusticia. Pero tales personas no son ni justas, ni fuertes, ni templadas o moderadas, exactamente porque no son prudentes.  

La prudencia reside en la razón práctica: pertenece al intelecto,  porque en su primera dimensión (aunque no la más importante) la prudencia es cognoscitiva; las ciencias pertenecen solo al intelecto especulativo simplemente y su finalidad es conocer su propio objeto;  las artes prácticas, como las resultantes de oficios manuales o técnicos y las bellas artes,  aunque ordenadas inmediatamente a la operación, ésta no es precisamente la acción moral, sino la producción artística, o sea la obra de arte» (S. Ramírez, o. c. en bibl., 13).

Definida como recta ratio agibilium,  es decir,  «recta razón en el obrar o actuar»,  la prudencia es un conocimiento directivo de nuestra vida.

Se refiere a lo agible, al obrar, al actuar, no solo a lo que resulte de la acción, sino primaria y fundamentalmente  a la conducción de nuestra vida, qué resulta en nosotros de nuestras propias decisiones, lo cual tiene consecuencias para nosotros mismos que actuamos y con frecuencia también en los demás (Piénsese en las consecuencias personales y sociales de hacer estallar una bomba entre una multitud). ¡Son de sobra conocidas!

Por el conocimiento que cada vez es más asequible a todos de cuestiones que afectan profundamente a la humanidad entera, tenemos la obligación de actuar con prudencia: considérense asuntos  referentes al ambiente, a la pobreza y riqueza y su desigual distribución, a la falta de agua y salud en muchos lugares,  a tantos  asuntos que provocan la necesidad de tener que saber o aprender a actuar desde la mirada y decisión prudentes.

La prudencia no es el temor que paraliza esperando que se disipen solos los nublados del día; ni el oportunismo que se agacha en espera de aprovecharse de las situaciones fáciles. Eso parece más bien cobardía, que es un defecto. Tampoco es la temeridad, que es otra equivocación por exceso.

Hay un niño pequeño en media vía del tren que viene veloz y uno está cerca. ¿Qué es lo prudente? ¿Taparse los ojos y encomendarlo al cielo y contemplar el cadáver destripado o lanzarse  con toda decisión a sacarlo del mal lugar en que está ubicado, con cierto riesgo de la propia vida, pero con fortaleza guiada por la prudencia? Porque se puede ser  imprudente por acción o por omisión, en lo poco y en lo mucho como ha sido expuesto.

¡Cuántas cuestiones requieren decisiones prudentes: elecciones, corrección fraterna, solidaridad con el prójimo, búsqueda de lo mejor!

Dicho en sencillo, prudente es saber hacer lo que hay que hacer, cuándo hay que hacerlo y hacerlo bien.

¿Quién sería entonces imprudente? El que no saber hacer lo que hay que hacer, ni cuándo hay que hacerlo, ni cómo hacerlo, ni mucho menos sabrá hacerlo bien. Es lo que lenguaje coloquial se dice de  una persona, que siempre “mete la pata” o que  “es un tortero”. ¿Cuál será de término de su vida? ¿Qué aportará al bien común? ¿Cuál sentido logrará dar a su vida, como dirección y fin último? Porque al final del camino, Él nos espera.

Por ello, como anotaba al comienzo, todas las cosas  son buenas, pero hay unas mejores que otras. Y está el Unum necessarium, la única cosa necesaria, que debe ser la mejor y mayor  aspiración que prudentemente guía el humano vivir: -- como le decía el Maestro a Marta: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha elegido la buena  parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10, 41)

Pablo de Tarso  recordaba en una de sus cartas, Col 3, 1-2 “…buscad las cosas de arriba…..Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra…”

¿Por qué recomendaba tal cosa? Porque  tenía en mente lo que, de alguna otra manera puede colegirse   de una de las obras de Max Scheler: Von Ewigen in Menschen (De lo eterno en el hombre).

Hay palabras que los seguidores del Maestro por antonomasia podemos comprender y valorar:  “Estote perfecti sicut et Pater vester perfectus est” (sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Mat 5:48)

¡Cuán bueno es que podamos actuar cada día conforme lo dicho, para adquirir la mayor virtud intelectual con connotaciones morales: LA PRUDENCIA!

 Concluyo deseando a cada uno de los graduandos de este día que puedan desenvolverse con gran altura en su vida personal y profesional. Su Alma Mater, la Madre Nutricia como suele llamársela, los considerará sus hijos privilegiados y, de cerca o de lejos, estará atenta al curso de sus vidas: si actúan correctamente  y hacen bien las cosas, será gozosa noticia y si incurren en acciones erróneas, se contristará su Casa de Enseñanza en la que hoy concluyen una importante etapa de su vida.

Felicitaciones en este día.

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